Consultoría de marketing y ventas · Santa Fe, para toda Argentina
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Entrenamos al equipo sobre sus propios casos, no sobre ejemplos de manual, y volvemos semanas después a revisar qué se sostuvo. Lo que queda en la empresa es un método escrito que sirve para formar al que entra mañana.
Cuando una empresa pide capacitación, lo que suele haber detrás es que el resultado de cada operación depende de quién la atendió. Uno pregunta bien y anota; otro contesta rápido pero no vuelve a llamar; un tercero cierra mucho y nadie sabe exactamente qué hace distinto. No hay un método común que se pueda enseñar, medir ni corregir.
Eso se nota en cosas concretas:
Ninguna de esas cosas se arregla sabiendo más del producto. La consulta que entró un sábado y nadie vio, el presupuesto que se mandó y nunca se volvió a tocar, el cliente que cuenta todo de nuevo porque lo pasaron a otra persona: no es un problema de conocimiento, es un problema de proceso.
Una capacitación sola es estéril si no se lleva a la práctica, no se le da seguimiento y no se optimiza. De ahí salen tres decisiones que no negociamos, porque son las que separan un taller de una charla.
La primera es de formato: el equipo trabaja durante la sesión, no escucha. La segunda es de calendario: hay una instancia de revisión semanas después, siempre. La tercera es de material: los ejercicios usan las consultas, las conversaciones y los números de la propia empresa.
La tercera es la que hace que in company signifique algo más que el lugar donde se dicta.

El relevamiento es lo que evita que el taller sea un curso genérico. Es una conversación con la dirección, tres o cuatro con quienes atienden consultas hoy, y la lectura de los números que existan. Sin eso, el temario se arma sobre supuestos y el equipo lo nota en los primeros veinte minutos.
Cuando el pedido llega con un y/o —«queremos capacitar en ventas y/o marketing digital»— es la señal más clara de que el problema todavía no está definido, y de que hay que relevar antes de cotizar.
| 1 · Relevamiento | Cómo trabaja hoy el equipo, con qué herramientas y con qué números |
| 2 · Diseño | Temario armado sobre eso, con ejercicios hechos con casos de la empresa |
| 3 · Taller o talleres | Entrenamiento y aplicación. El equipo trabaja sobre lo suyo |
| 4 · Compromisos | Qué se cambia, quién lo hace y para cuándo. Por escrito |
| 5 · Seguimiento | Revisión semanas después: qué se sostuvo, qué no y qué hay que ajustar |
Lo que se ve de una capacitación es el aula, y es la parte más chica del trabajo. Antes hay un relevamiento y un diseño sobre casos de la empresa; después hay corrección entre encuentros, seguimiento y entregables. Por eso no cotizamos «la jornada»: se cotiza el programa completo.
Cuál de los tres corresponde no lo decide el presupuesto sino el objetivo. Si lo que se busca es que el equipo trabaje distinto dentro de tres meses, el taller suelto no llega, y lo decimos antes de cotizar.
| Taller único | Alcance chico y bien definido —la atención por WhatsApp, las etapas del embudo—. Sin seguimiento y sin promesa de cambio sostenido |
| Programa con seguimiento | El que recomendamos. Varios encuentros espaciados, aplicación entre uno y otro, y dos revisiones posteriores |
| Programa ampliado | El anterior más acompañamiento mensual durante un trimestre, para cuando la dirección quiere sostener el cambio de cerca |

Es la modalidad de referencia. Permite trabajar con material real y ver cómo opera el equipo entre un encuentro y el siguiente.
Cuando el equipo está repartido o la distancia no justifica el viaje. Se organiza distinto: más encuentros y más cortos.
Opcional. Alguien que ejerce el rubro y aplicó el método cuenta qué hizo y qué le pasó. Desarma en diez minutos la objeción de que el que está adelante no vende lo que vende el equipo.
El temario se arma por caso, pero siempre sale de estas ocho áreas. En un programa típico entran cuatro o cinco, no las ocho: elegir es parte del trabajo de diseño. Varias tienen además programa y página propia —están listadas más abajo— para cuando el pedido ya viene enfocado.
Si durante el taller aparece que el problema no era de conocimiento —que no hay dónde registrar una oportunidad, o que directamente no llegan consultas— lo decimos. Eso se resuelve con proceso comercial, con demanda local o con una consultoría, no con más horas de aula.

Es el rubro donde tenemos más profundidad propia: embudo de captación, entrevista previa, presentación del análisis comparativo de mercado, exclusividad y farming de zona.
El comprador compara fichas y decide en la especificación, antes de que exista un presupuesto. El vendedor que solo baja precio pierde contra el que entiende el proceso del cliente.
Acá la operación se gana o se pierde en las primeras horas. El que contesta primero y con lo que la persona preguntó se lleva el trabajo, y casi nunca es una cuestión de precio.
La urgencia se gana el mismo día y el negocio se hace con el que vuelve. El taller sabe la patente y el kilometraje de cientos de clientes y no le escribe a ninguno.
Se toma el pedido y no se vende: el crecimiento está en el que compra una línea de las cinco y en el que hace cuatro meses no aparece.
La agenda es el producto. Lo que se pierde no se pierde en el consultorio: se pierde en el mensaje que nadie contestó y en el turno que nadie confirmó.
Todo el esfuerzo está puesto en el alta. El socio que se da de baja en el mes tres había dejado de venir en la semana dos y nadie lo notó.
Toda la demanda del año pasa por pocas semanas y por una sola persona. Y el alumno que continúa es el ingreso más seguro y el que menos se trabaja.
El equipo que atiende consultas, reclamos y posventa. Qué se contesta, en cuánto tiempo, qué se resuelve sin escalar y qué queda anotado.
Primer mensaje, tiempo de respuesta, calificación sin interrogatorio, precio, derivación y seguimiento del que dejó de contestar.
De dónde salen los contactos, cómo se arma y se limpia la base, el plan semanal, y la cartera propia que ya compró y no volvió.
A quién buscar, cómo se arma la lista, qué mensaje abre una conversación y qué ritmo semanal sobrevive a una semana ocupada.
Qué carga cada uno y para qué le sirve a él, criterios de paso entre etapas, la próxima acción siempre agendada y el motivo de pérdida.
Preguntas que califican, quién decide de verdad, cómo se presenta el precio, las objeciones reales del rubro y cómo se pide un compromiso.
La única del eje que no entrena al equipo de ventas: entrena a quien tiene que montar y sostener el programa puertas adentro.
El entregable que más dura es el documento de método: lo que se entrenó, escrito, para que la empresa lo tenga cuando nosotros no estemos y pueda usarlo para formar a quien entre. Es lo que hace que el método sobreviva a la rotación.
Además del documento, el cliente se queda con el diagnóstico de cómo trabajaba el equipo antes, el temario y los materiales adaptados a su caso, la lista de compromisos con responsable y fecha, y el informe de seguimiento con qué se sostuvo y qué no.
Lo que no prometemos es aumento de ventas, de consultas ni de cierre. No por prudencia: porque el resultado depende también del mercado, del precio, del producto y de que la dirección sostenga lo acordado, y ninguna de esas cuatro cosas la controlamos nosotros. Lo que sí se puede comprobar a las semanas es si el equipo trabaja distinto.
La capacitación casi nunca va sola. Estos son los tres lugares desde donde se la suele mirar.
Las que más nos hacen en la primera conversación.
No publicamos precios en esta etapa, pero sí de qué depende. Se cotiza el programa completo —relevamiento, diseño, encuentros, corrección y seguimiento—, no la jornada dictada. Lo que mueve el número es cuánta gente participa, si hay que viajar y cuánto trabajo de relevamiento hace falta antes de diseñar. Para cotizar necesitamos saber cuántos son, si son empleados, y cuánto tiempo puede parar el equipo.
No, y desconfiaríamos de quien lo garantice. Las ventas dependen del mercado, del precio, del producto, del stock y de que la dirección sostenga lo que se acordó. Lo que sí garantizamos es que el equipo va a salir con un método común escrito, con ejercicios hechos sobre casos propios y con una lista de compromisos con responsable y fecha. Y que volvemos semanas después a revisar cuáles se cumplieron.
Se puede, y lo vendemos, pero sin promesa de cambio sostenido, y eso queda escrito en la propuesta. Una sesión suelta transmite información; no cambia una conducta. Sirve cuando el alcance es chico y está bien definido: entrenar la atención por WhatsApp, o acordar las etapas del embudo. Si el objetivo es que el equipo trabaje distinto dentro de tres meses, hace falta seguimiento, y eso son varias instancias.
No hay un número máximo, pero sí una condición: todos tienen que poder practicar sobre lo suyo durante la sesión. Con equipos chicos eso sale solo. Con equipos grandes el programa se organiza en más instancias para que siga pasando, porque un taller que se convierte en conferencia pierde lo único que lo diferencia. Cómo se arma en cada caso sale del relevamiento, y lo conversamos en la primera reunión de alcance, no al momento de cotizar.
Cambia lo que se puede prometer, y es la primera pregunta que hacemos en equipos grandes. A un empleado se le puede exigir que cargue el CRM; a un asesor independiente que trabaja a comisión, no. Cuando es así, el programa se diseña sobre conveniencia propia en vez de sobre cumplimiento: cada cosa que se entrena tiene que mostrarle a esa persona que le conviene a ella, no a la empresa. El seguimiento también cambia de forma.
La modalidad de referencia es presencial en las oficinas del cliente, porque permite trabajar con material real y ver cómo opera el equipo entre sesión y sesión. La versión remota existe para equipos distribuidos o distancias que no justifican el viaje, y se organiza distinto: más encuentros, más cortos. Fuera de Santa Fe se suman viaje y estadía, cotizados aparte. El lugar y los elementos los suele poner el cliente.
Es la mejor pregunta que nos pueden hacer y la incluimos en el relevamiento. En la mayoría de los casos que vemos, lo anterior falló por una de tres razones: fue una charla y nadie aplicó nada, se entrenó sobre ejemplos ajenos, o no hubo nadie mirando a las semanas si algo había cambiado. Las tres se corrigen con diseño, no con más entusiasmo. Si falló por una cuarta razón, conviene saberla antes de repetir.
Todo lo que se produce durante el programa queda en la empresa y es suyo: el documento de método, los ejercicios resueltos con sus propios casos, el diagnóstico inicial y la lista de compromisos con responsable y fecha. Se entrega en formato editable, para que lo puedan cambiar cuando cambie el negocio y usarlo para formar a quien entre después. No lo licenciamos ni lo retiramos si dejamos de trabajar juntos. Lo que no pasa es al revés: el material armado con las conversaciones y los números de tu empresa no se usa en ningún otro cliente.
Sí, y si no pueden participar preferimos no tomar el trabajo. La dirección entra en tres momentos: el relevamiento, la definición de los compromisos y la revisión posterior. No hace falta que esté sentada en los encuentros enteros, pero sí en esos tres. La razón es práctica: casi todo lo que se acuerda —qué se registra, en cuánto tiempo se responde una consulta, qué se deja de hacer— necesita que alguien con autoridad lo respalde el lunes siguiente. Cuando la dirección delega el tema por completo, a las semanas no quedó nada en pie.
Sí, y es uno de los casos donde la modalidad remota rinde más que el viaje. El programa se organiza en encuentros más cortos y más seguidos, y se define qué parte se hace con todas las sucursales juntas y qué parte por sede: el proceso común y los criterios de paso conviene acordarlos entre todos, mientras que la práctica sobre casos reales rinde más por sede, donde cada uno trabaja con sus propias conversaciones. Si hay una sucursal que concentra la mayor parte de la operación, solemos empezar por ahí y extender después.
Necesitamos tres cosas, y ninguna te lleva más de un par de horas. Una conversación con la dirección sobre qué se quiere cambiar; acceso a los números que existan —consultas que entran, presupuestos enviados, operaciones cerradas—, aunque estén en una planilla suelta; y permiso para hablar media hora con tres o cuatro personas que atienden consultas hoy. Ayuda mucho ver conversaciones reales de WhatsApp o de correo, anonimizadas si preferís. Si no hay números, el programa igual se hace: el diseño tarda algo más y el relevamiento pesa más.
Es lo normal y se trabaja, salvo en un caso. La resistencia habitual viene de haber pasado por capacitaciones que no sirvieron, o de sospechar que lo que se acuerde es control disfrazado; eso se desarma entrenando sobre casos propios y mostrando qué gana esa persona, no la empresa. Lo que no se resuelve dentro de un taller es cuando alguien ya decidió que no va a cambiar nada y tiene peso suficiente para arrastrar al resto. Ahí el problema es de dirección y lo decimos: entrenar al equipo alrededor de esa persona no funciona.
El método general de un rubro es conocimiento de la casa y lo enseñamos; el material de un cliente no viaja a otro. Los ejercicios, los guiones, las matrices y los números que salen de tu empresa se usan solo con tu equipo, y tu nombre tampoco se usa como referencia sin permiso. Antes de tomar un trabajo en un rubro donde ya tenemos cliente en la misma plaza, revisamos si hay conflicto real —mismo público, misma zona— y lo declaramos antes de cotizar. Si necesitás acuerdo de confidencialidad firmado, lo firmamos.
Media hora de conversación alcanza para saber si el problema es de método, de proceso o de demanda. De las tres cosas, solo una se resuelve con una capacitación.
De ahí sale el temario, y recién después el presupuesto. No cotizamos sobre el pedido literal.
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